Hablaré por mí,

No soy el único al que encanta aquel tango tan célebre que por 1983 revivía el inigualable Serrat, Cambalache, de Santos Disépolo, letra y música,
en el 34. Pero es su letra la que aquí me insta a escribir, aun con pocas esperanzas de conmover a nadie, que tantos estamos tan al tuntún, apenas atentos,
distraídos, atontados; y decirle al bueno de Enrique Santos aunque ya no nos oye: si el XX lo definiste certeramente como ´cambalache´, el XXI es un prostíbulo,
una plantación sureña de esclavos, un erial fruto de esquilmación constante, corral sin valores, escenario donde se premian la mentira, el mangoneo, el
pisoteo con saña del semejante exhibiendo la sonrisa más distendida, seducidos, narcotizados mientras no nos tocan directamente nuestros lereles, que entonces
sí ponemos el grito en el cielo. Así de incautos somos.

Acarreemos sumandos aunque los párpados se resistan: casi todos los políticos se llenan o han llenado los bolsillos a expuertas con el dinero de todos;
los banqueros aprietan hasta la extenuación impiamente; se rebaja constante y obstensiblemente la calidad de los servicios más esenciales; nos prosternamos
ante Europa y todas sus demandas de satisfacer una sospechosa deuda que sólo Europa y los chorizos al uso han urdido; se miente con absoluto descaro ante
elecciones o en cada comparecencia; se amedranta a la ciudadanía so pretexto de mantener un orden aún no en entredicho, cuando debería estarlo ya hace
años porque sólo es un orden para unos cuantos guapos, que machacan y machacan sin cortarse un pelo; se legisla a la católica más derechona vendiéndonos
que se hace por interés de todos; se impone el rodillo en las leyes sobre la producción de energía, sobre qué enseñar, sobre las condiciones laborales
haciéndolas absolutamente leoninas; se pretende manosear aún más en las leyes de la representación electoral; se decreta pertinazmente contra el futuro
de nuestros hijos… Dejo mil tropelías más.

Pero, ¿algo que decir a lo que sigue? Práctica ruhín de tanto empresario impresentable, forjado en connivencia con este Gobierno: se despide a trabajdores
discapacitados mentales para entregarlos a una nueva empresa con pinta de ONG, pero con la real intención de beneficiarse de las prerrogativas que la Administración
otorga a empleadores de estas personas, engañándoles y haciendo que pierdan todos sus derechos de antigüedad adquiridos. Tal parece haber sucedido en algún
centro comercial de la región. Absolutamente inaceptable como tantas barbaridades que se están cometiendo con la aquiescencia de un Gobierno que se limita
a decir «vamos saliendo de la crisis», mientras quién no barrunta que se trata de una trola más al uso, porque la inmensa mayoría de familias sabe cómo
se las gasta ya tanto patrón asistido por la maravillosa legislación de esta panda de salvadores del orden.

¿Es esto sólo cambalache? No: hemos dado un paso más. Porque esto era cambalache mientras las condiciones del capitalismo eran posibles, pero hete que ya
el capitalismo es un problema; este ruidoso mercado de trapicheros está tocando techo, topándose con sus propios límites, agujero negro que todo lo engulle,
incluso su mano de obra, que no ha de levantarse en la dirección en que tanto incalificable quiere vendernos, camine a Santiago solo o con mala leche,
de arriba a abajo, de abajo a arriba, con corbata, sin corbata, serio, sonriente; el tal y todos los suyos han caído en descrédito. Barruntemos ya que
el individualismo descarnado no reportará bienestar a todos y sí conducirnos a la constatación hobbesiana del hombre devorador del hombre.

Si espiritualmente somos casi solitarios, como moradores de este planeta requerimos de la actuación colectiva, y la satisfacción de necesidades básicas
y no tan básicas; de condiciones de vida similares, sin hacer de los demás nuestros medios sino fines.

Esto no convence a muchos que con todo se dicen religiosos: una contradicción más de quienes se arriman a los evangelios sólo para su tranquilidad particular
y desechan su mensaje más humano. La solución, que aún es posible, está en tomar de nuevo todos las riendas de nuestro destino, descreyendo a los sinvergüenzas
y egoístas que constantemente nos pisotean, no por la violencia abierta, pero sí con decisión, militando en opciones políticas que defiendan valores morales;
superar la mentalidad yanki de que la vida está ahí para atraparla, del basta con decidirnos y dar todos los codazos precisos para conseguir todo lo que
queramos; desechar el carpe diem, porque no se trata de disfrutar todo instante sino, en este ahora, caminar codo a codo para restituír el orden verdaderamente
humano, sin pisotones, sin exclusiones; construyendo decididos un mundo para todos, avergonzando plenamente al explotador, al egoísta, al chorizo, superando
visiones mágicas, feudales, dictatoriales; votando a quienes, espabilados ya, estén cansados de la pantomima, del cambalache, del prostíbulo, de achantar
al prójimo impecablemente trajeados.

¡No seamos iguales que los inmorales! ¡Triunfe el deseo de que ya no resulte lo mismo «ser derecho que traidor, ignorante sabio o chorro, generoso o estafador!»

¡Que no nos dé todo igual! ¡que no sea lo mismo asno y profesor! ¡alzarnos del lodo, aunque sea por nuestros hijos! Y que no nos engañen vendiéndonos que
´izquierda´ y ´derecha´ son etiquetas caducas: habrá que mejorar cosas, pero todos sabemos, si no es para justificar nuestra desgana, qué significan a
la hora de posicionarse ante la vida, y cuál es más humana y hasta más ajustada al evangelio.

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