Demasiado tiempo inmersos en la zozobra

en el temor de lo que aún quede por venir. Y lo peor: advertimos cómo mienten nuestros gobernantes al decir que ya entramos en la recta de la recuperación. No aludamos a otras cuestiones fangosas; basta con estas tres noticias para saber que esa afirmación es un artificio político. El posible rebrote de ETA, pero aún más, la reducción de las Pensiones y al menos el planteamiento de la bajada del salario mínimo muestran que las cosas siguen mal y que no se sabe, no se quiere o no pueden ser enderezadas. .

Y en estas jodidas circunstancias lo terrible no es que la deuda crezca o que el Capital y quienes lo agitan tiemblen o tengan un gemelo menos que colocarse en la muñeca. Lo jodido es que hay mucha gente ninguneada sin consideración alguna, desde luego que en nuestro país y en todas partes sin que apenas se alce el clamor de Congreso, Senado u otras instituciones: antes que el hambre les interesa el aborto, el matrimonio homosexual, apañarse el sistema educativo, etc., velando la cruda situación de ya tantas familias.

Así tal, quiero hacerme eco de una propuesta que tiempo ha hemos tratado varias personas, sin saberla encaminar mejor, por ver si contribuimos a un clamor que conduzca, ya que no a cambiar el rumbo de las cosas, al menos a paliar tanto sufrimiento.

Hace tres o cuatro años daba en pensar en la necesidad de un a modo de cónclave de expertos de todo el mundo que, con toda seriedad, intentaran delinear una salida a este callejón del Capitalismo decrépito y asesino; probablemente un anhelo delirante de mi parte. Ahora estamos llamados a ser con urgencia más prácticos. Se trata de clamar por la supervivencia, por el sustento de muchos, no en el Cuerno Sur de África o Pakistán, sino en Madrid, Albacete, Murcia…

Es cierto que parece como si en las cabezotas de muchos agitadores del capital -casi “terroristas” ya del capital- rondara la cínica pregunta de: todos esos que se hunden en la miseria, ¿pa kis tán? ¡Sobran! Pues no para ser ninguneados.

Seamos prácticos. ¿No podemos cambiar el orbe?; más aún: ¿queremos que los Estados afronten una deuda que no contrajeron, descuidando hasta servicios básicos?, ¿–queremos que se queden sin ellos y paguen con sus últimos estertores aquellos que no sabemos “pa qui están”? ¿No somos capaces de reunirnos para buscar una salida honrosa? Absolutamente imperdonable, Porque cuando buscamos dividendos sí que somos capaces de entendernos y forjar mil congresos y Encuentros a bien alto nivel, sin escatimar ostras y champagne.. Pero aún más imperdonable dejar morir a nuestros semejantes.

Seamos prácticos. Esta es la propuesta que ya cabe hacer, ingenua sólo para los acomodados y cínicos: establezcamos desde el mismo Estado un “fondo de beneficencia” ya, para personas sin recursos. No continuemos debatiendo si debería ganar las elecciones tal o cuál formación política más sensible alas necesidades del pueblo –que también-. Tracemos ese “Fondo de Beneficencia, Asistencia“, por razones de justicia social y no por otras, dotándolo de recursos más o menos voluntarios, administrados por la Asistencia Social, que tan importante papel desempeña desde hace muchos años en nuestro país, en Ayuntamientos, Comunidades y el ámbito estatal.

Tal Fondo, como digo, respaldado por el Estado debería tener un funcionamiento más serio y discriminativo que el de ONGs más o menos benefactoras. Estaría capacitado para publicitarse y gestionarse de forma más potente. Tendría la marca del Estado Español, incapaz por otros medios de echar una mano a ya gran parte de ciudadanos que van sumiéndose en la miseria sin misericordia alguna de sus semejantes menos desgraciados. Se trataría de una institución nacida en momentos duros, críticos, como cuando sobreviene un terremoto o cualquier otra catástrofe; sólo que su parcela de actuación es mucho más ancha y duradera: ¡Qué le vamos a hacer, si estos son los efectos colaterales, y no tan colaterales, del Capital!

Tal fondo recibiría aportaciones voluntarias o incluso podría recaudar mediante imposiciones a fortunas determinadas por su monto, según baremo a establecer. Debería tener sus recursos en la Hacienda Pública y facilitar a todos un número determinado de CCC para nutrirse y mantenerse diariamente.

Esto es ya algo imprescindible, y nuestros gobernantes no pueden ya mirar hacia otra parte; porque se les ve el plumero, el ansia por salvaguardar un estatus más allá de las exigencias europeas, cuando lo que debe vérseles es el ansia de servir a todos sus conciudadanos, que les dieron el voto sin merecimiento alguno recibiendo a cambio toda la mierda que les prometían evitar.

Obvio es que este no será el mejor estado de las cosas, pero sí es el adecuado en tanto se genere exclusión de forma tan brutal. Analizar el porqué de esta situación, tender a superarla como sea seguirá siendo obligación de los gobiernos, pero entre tanto estaremos evitando parte del dolor.

¡No hablamos de lucha, sino de Justicia!, ¡no de limosna sino de derecho!, ¡no de misericordia, sino de vergüenza!, esa que tantas veces le falta a quienes tanto cacarean ahora defender el interés general. Si tal pretenden consideren la necesidad de proteger, si no con recursos de la nación, al menos sí de las gentes que aún pueden vivir holgadamente, a todos los vomitados ya del sistema productivo. Organizar esta especie de colchón es justo y necesario. Parece que sólo serán excusas argüír que ello acostumbrará a la molicie de las personas, o que conducirá a detener el desarrollo del país.

si el sistema genera pobres el sistema debe a la vez atenderlos y procurar no generarlos.

(Publicado en La Opinión, el 29 de Junio)

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