una reflexión tremendamente lúcida de Roy Scranton

Paso por acá esta reflexión traducida por Sara plaza en su blog: http://tratarde.org/roy-scranton-en-espanol-en-el-blog-de-sara-plaza-y-edgardo-civallero/ a mí me ha parecido como digo alucinante: conozco sobradamente a Nietzsche, hice sobre él mi tesina y me siento muy orgulloso de ella, aunque no está publicada, pero a veces pienso con poder hacerlo, y quizá lo consiga, si vivo lo suficiente para ello; además, este texto hace vibrar en mí unas cuantas cuerdas de las que nutren mi biografía. Aquí lo tenéis: Hemos entrado en un periodo de alarmantes y desconcertantes cambios: la quiebra del orden global post 1945, una extinción masiva de especies vegetales y animales y el principio del fin de la civilización tal y como la conocemos. Nadie es inocente, nadie está a salvo. El mundo gime bajo el peso de siete mil millones de seres humanos; cada nuevo nacimiento significa otra boca ávida de alimento, otra vida codiciosa de energía. Todos vemos lo que está pasando, lo leemos a diario en los titulares, pero ver no es creer, y creer no es aceptar. Respondemos de acuerdo a nuestros prejuicios, de manera instintiva, refleja, aprendida. Los negacionistas de derechas insisten en que el cambio climático no está ocurriendo, o en que su origen no es antropogénico, o en que el verdadero problema es el terrorismo o los refugiados, mientras que los negacionistas de izquierdas siguen diciendo que los problemas se pueden resolver, que están bajo control, y que es solo cuestión de voluntad política. Los partidarios de las tesis aceleracionistas consideran que la respuesta es más tecnología. Los incrementalistas nos dicen que sigamos confiando en las mismas instituciones y los mismos líderes que nos han estado fallando durante décadas. Los activistas nos dicen que hay que luchar, incluso sabiendo que perderemos. Entre tanto, a medida que crece la distancia entre el futuro hacia el que nos encaminamos y el que una vez imaginamos, el nihilismo se afianza a la sombra del miedo: si ya todo está perdido, nada importa. Podemos apreciar este nihilismo en series de televisión como True Detective, The Leftovers, The Walking Dead y Game of Thrones, y podemos verlo en la fiebre de guerra, el sectarismo y el odio racial. Define el momento actual, aunque en realidad no es nada nuevo. Occidente ha estado lidiando con el nihilismo radical desde, al menos, el siglo XVII, cuando las investigaciones científicas sobre la conducta humana comenzaron a socavar las creencias religiosas. Los filósofos llevan desde entonces intentado acortar la distancia entre hecho y sentido: Kant trató de reconciliar el determinismo empirista con Dios y la Razón; Bergson y Peirce trabajaron para hacer confluir la evolución darwiniana y la creatividad humana; y pensadores más actuales rascan los surcos desnudos que la neurociencia ha dejado a la lógica y el lenguaje. Llevado a su extremo, el materialismo científico nos amenaza con la falta de sentido; si la consciencia se reduce al cerebro y nuestras acciones no dependen de la voluntad sino que están determinadas por causas, entonces nuestros valores y creencias son meras racionalizaciones de aquello que de todos modos vamos a hacer. La mayoría de la gente encuentra que esta visión de la vida humana es repugnante, cuando no incomprensible. En su reciente libro de ensayos, The Givenness of Things, Marilynne Robinson rechaza la visión materialista de la consciencia, y defiende la existencia del alma humana manteniendo que su carácter metafísico la vuelve impermeable a razones materialistas. El alma, escribe Robinson, es una intuición que “no puede hacerse desaparecer otorgándole una materialidad de la cual está alejada por definición. Y por la misma razón, su no-materialidad no demuestra su inexistencia”. El biólogo E. O. Wilson interpreta el problema de forma diferente: “¿Existe el libre albedrío?”, se pregunta en The Meaning of Human Existence. “Sí, si no como realidad última, al menos al nivel funcional necesario para mantener la cordura y perpetuar así la especie humana”. Robinson apela a la ignorancia, Wilson, a las consecuencias; ambos razonamientos son falaces. Sin embargo, como sugiere Wilson, nuestra obstinada insistencia en el libre albedrío tiene cierto sentido evolutivo. De hecho, la mayor ventaja evolutiva de la humanidad ha sido su tendencia a crear sentido colectivo. Ese impulso es tan ingenioso como implacable, y puede hallar la manera de dar sentido a la desesperación, la depresión, la catástrofe, el genocidio, la guerra, el desastre, las plagas e incluso las humillaciones de la ciencia. Nuestra tendencia a crear sentido es lo suficientemente poderosa como para volver el nihilismo contra sí mismo. Como escribió Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos occidentales más incisivos y que mejor diagnosticó el nihilismo, a finales del siglo XIX: “El hombre prefiere querer la nada a no querer”. Este denso aforismo se basa en una de las ideas centrales de su filosofía, hoy tan aceptada que casi resulta irreconocible: que los seres humanos construyen su propio sentido de la vida. En este sentido, no hay ninguna verdad moral última, trascendente; o, como explicaba Nietzsche en uno de sus primeros ensayos, Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral, la verdad no es más que “un dinámico tropel de metáforas, metonimias y antropomorfismos”. Si somos capaces de tolerar el vértigo moral que podría inducir esta idea, también podemos observar que no es necesariamente nihilista y, bajo la luz adecuada, interpretarla, más bien, como testimonio de la resiliencia humana. La capacidad humana para crear sentido es tan versátil, tan poderosa, que puede hacer tolerable casi cualquier existencia, incluso una vida de interminable sufrimiento, siempre que esa vida esté anudada en la trama de una historia más grande que le de sentido. Los humanos hemos sobrevivido y florecido en algunos de los lugares más inhóspitos de la tierra, desde los desiertos de Arabia hasta los campos helados del Ártico, gracias a esta capacidad para organizar colectivamente la vida en torno a constelaciones simbólicas de sentido: anirniit [almas no humanas], capital, yihad. “Quien tiene un porqué para vivir”, escribió Nietzsche, “puede soportar casi cualquier cómo”. Cuando escribió “[e]l hombre prefiere querer la nada a que no querer”, Nietzsche estaba sacando a la luz el lado destructivo de la tendencia humana de crear sentido. Ese impulso es tan poderoso, dice Nietzsche, que abocados al precipicio del nihilismo, encontraríamos un sentido en la autoaniquilación antes de elegir una vida desnuda carente de él. Esta idea fue atrozmente confirmada por el Götterdämmerung de la Alemania nazi, y vuelve a serlo con cada nuevo ataque suicida perpetrado por terroristas yihadistas, pero también aquí en Estados Unidos con nuestra deliberada y destructiva política del odio. Es a lo que nos exponemos al encaminarnos irreflexivamente hacia otra guerra, al pedirles a los jóvenes que desperdicien sus vidas para que podamos seguir creyendo que Estados Unidos significa algo. Como dice uno de los personajes de Don DeLillo en la novela White Noise: “la guerra es la forma que adquiere la nostalgia cuando se obliga a los hombres a decir algo bueno sobre su país”; entendiendo la guerra como un nihilismo activo que viene a reemplazar a uno pasivo. El propio Nietzsche no fue un nihilista. Desarrolló su idea de la verdad como un “dinámico tropel de metáforas” en una filosofía más compleja de perspectivismo, que entendía la verdad subjetiva como una serie de construcciones a partir de perspectivas particulares sobre la realidad objetiva. Cuantas más sean las perspectivas desde las que aprendamos a mirar, mayor será la verdad que alcancemos. Esto no es lo mismo que el relativismo, con el que a menudo se confunde, que afirma que toda verdad es relativa y que no hay una realidad objetiva. Nietzsche fue fundamentalmente un empirista que creía que más allá de nuestras interpretaciones finalmente había algo a lo que podemos llamar mundo, aunque nunca seamos capaces de percibirlo objetivamente. “También los grandes espíritus tienen únicamente la medida de sus cinco dedos de experiencia”, escribe. “Más allá de la cual cesa la reflexión y comienza el interminable espacio vacío y su estupidez.” El programa filosófico positivista de Nietzsche, lo que el llamaba la “gaya ciencia” consistía en crear las condiciones que posibilitaran un ser humano capaz de darse cuenta de que nuestra tendencia a crear sentido carece de sentido, sin por ello dejar de afirmar la existencia humana, un ser humano que pudiera aprender el amor fati [poder decir sí a lo que se hace, hacer lo mejor en cada momento]: esta fue su muy malinterpretada idea del “superhombre”. Nietzsche trabajó vigorosamente para desarrollar este nuevo ideal humano en la filosofía, puesto que él mismo lo necesitaba con urgencia. El pesimista consciente y sombrío, el decadente declarado que finalmente se volvió loco, luchó toda su vida para convencerse a sí mismo de que valía la pena vivir. Hoy, con nuevos peligros desatándose cada hora a causa de las guerras y la crisis climática, desearíamos poder estar en el lugar de Nietzsche. Después de todo, él solo tuvo que hacer frente a la muerte de Dios, mientras que nosotros tenemos que hacer frente a la desaparición de nuestro mundo. El peligro acecha por todas partes, de las vanas ilusiones de esperanza a la ferocidad de la reacción, del desaliento de la desesperanza a la promesa de destrucción. Estamos ante un precipicio de aniquilación que Nietzsche no hubiera podido siquiera imaginar. No hay esperanzas fundadas de que seamos capaces de reducir la velocidad del calentamiento global antes de alcanzar el punto de vuelco. Ya estamos un grado Celsius por encima de las temperaturas preindustriales y se está cociendo medio grado más. La barrera de hielo de la Antártida Occidental se está desmoronando, Groenlandia se está derritiendo, el permafrost de todo el mundo se está licuando y se han detectado emisiones de metano en el lecho marino y los cráteres siberianos: probablemente ya es demasiado tarde para detener estas fuentes de retroalimentación, lo que significa que probablemente ya es demasiado tarde para detener el apocalíptico calentamiento planetario. Entre tanto el mundo se desliza hacia un caos sangriento y lleno de odio, como si estuviésemos en el último acto de una tragedia shakesperiana especialmente inquietante. Aceptar nuestra situación podría confundirse fácilmente con el nihilismo. En una nación fundada sobre la esperanza, construida con el arrojo yankee del “podemos hacerlo”, y deslumbrada por sus prodigios tecnológicos, la sola idea de que pudiera haber algo más allá del alcance de nuestro poder, o de que los seres humanos tienen límites, roza la blasfemia. A la derecha y a la izquierda, millones de estadounidenses creen que todos los problemas tienen solución; insinuar lo contrario provoca una profunda y a menudo hostil resistencia. No es que aceptar la verdad de nuestra situación signifique pensar algo equivocado, sino que significa pensar lo impensable. Y, sin embargo, es justo en este momento de crisis cuando nuestra tendencia humana a crear sentido reaparece como nuestra única salvación… si queremos reflexionar de manera consciente sobre las distintas formas de dar sentido a nuestra vida: sobre cómo decidimos lo que es bueno, cuáles son nuestras metas, por qué vale la pena vivir o morir, qué hacemos cada día, a diario, y cómo lo hacemos. Porque si es verdad que somos nosotros quienes damos sentido a nuestra vida y no la sabiduría revelada que nos otorgaría Dios, el Mercado o la Historia, entonces también lo es que albergamos dentro de nosotros el poder de cambiar nuestras vidas –totalmente, completamente–, cambiando el sentido de las mismas. Nuestra necesidad de crear sentido es más poderosa que el petróleo, el átomo y el mercado, y es cosa nuestra aprovechar ese poder para asegurar el futuro de la especie humana. No podemos hacerlo aferrándonos a la ideología del progreso continuo, de la búsqueda de beneficios y del la-tecnología-lo-arreglará del capitalismo fosilista. No podemos hacerlo intentando controlar el futuro. Tenemos que aprender a dejar morir nuestra actual civilización, a aceptar nuestra mortalidad y a practicar la humildad. Necesitamos trabajar juntos para transformar un orden global cuyo sentido último es la acumulación en otro que reconozca la importancia de los límites, la transitoriedad y la contención. Y lo que es más importante, necesitamos dejar de defender y proteger nuestra verdad, nuestra visión, nuestros valores occidentales, y entender que la verdad no se encuentra en una única perspectiva sino en su multiplicidad, no está en un punto de vista sino en el conjunto, no se halla en las partes enfrentadas sino en el todo. Tenemos que aprender a mirar no solo con ojos occidentales, sino con ojos musulmanes y con ojos inuit; no solo con ojos humanos sino con ojos de reinita caridorada [Setophaga chrysoparia], de salmón plateado, de oso polar; y no solo con los ojos sino con el salvaje y escasamente articulado ser de la nubes, los mares, las rocas, los árboles y las estrellas. Nacimos la víspera de lo que puede ser la mayor catástrofe de la humanidad. Ninguno de nosotros eligió esto, no de manera deliberada. Ninguno de nosotros puede hacer por evitarlo. Algunos incluso sobrevivirán. El sentido que transmitamos al futuro dependerá de lo bien que recordemos a quienes nos precedieron, de lo sabia y cuidadosamente que seamos capaces de deshacernos del ruinoso modo de vida que nos está destruyendo actualmente, y de lo conscientemente que seamos capaces de afianzar nuestro papel como artífices del futuro que nos espera. Aceptar la fatalidad de nuestra situación no es nihilismo, sino un primer paso necesario para fraguar una nueva forma de vida. Entre la autodestrucción y rendirse, entre querer la nada y no querer, hay otra opción: querer nuestro destino. Autoconstrucción consciente. Se lo debemos a las generaciones cuyo futuro hemos quemado y gastado para hacer un puente, ser un puente, para conectar las distintas tradiciones humanas de creación de sentido con los supervivientes, los hijos del Antropoceno, que construirán un nuevo mundo entre nuestras ruinas. Roy Scranton es el autor de Learning to Die in the Anthropocene: Reflections on the End of a Civilization y de la novela War Porn. Co-editor de Fire and Forget: Short Stories from the Long War, tiene artículos publicados en The New York Times, The Nation, Theory & Event, Rolling Stone y otros.
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Hasta acá mi copia del Blog de Sara y Edgardo.

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